martes, 21 de octubre de 2025

Figuras retóricas de dicción

Mendoza, Daniel, Figuras retóricas, Acatlán Estado de México, 2025.


FIGURAS RETÓRICAS

Introducción

A algunos escuchar la palabra retórica nos remite a la belleza en la expresión, a cuidadosa elección de los vocablos que han de dar forma y fondo a una idea, siempre asociada con el verso y la prosa culta, porque para leer de asuntos prosaicos está la nota roja, y exagerando, la jerga cargada de tecnicismos o el caló propio del albur, aunque quién sabe cuánto haya de retórica en este último.

El concepto figuras retóricas lleva de inmediato a pensar en la metáfora en su forma reducida utilizada en las fórmulas publicitarias: la tersura de la piel del durazno, la elegancia del color negro, es decir, el establecimiento de relaciones entre un objeto y una cualidad. Pancho Pantera era fuerte, audaz y valiente, también el personaje al que había que parecerse después de la ingesta de un chocolate en polvo.

Sin embargo, las figuras retóricas trascienden la poesía y la prosa cultas, pues el ciudadano común utiliza una gran cantidad de expresiones cargadas de metáforas, sinécdoques, hipérboles y demás.

Hace unas noches, en la función de lucha libre dominical, al término del combate, uno de los gladiadores tomó el micrófono y grito en cuello, saludó de esta manera: ¡Buenas noches arena Naucalpan! En ese sencillo enunciado había una figura retórica: la sinécdoque, la cual consiste en nombrar el todo por una de sus partes. Si el luchador hubiese dicho: ¡Buenas noches público de la arena Naucalpan!, el mensaje sería muy semejante, pero dicha figura retórica estaría ausente.

En el discurso político, los bandos se descalifican con palabras simples como derecha e izquierda. A la derecha se le relaciona con ideas conservadoras, asociadas al gran capital financiero, a la acumulación de la riqueza en unas cuantas manos, cuando en realidad dicha designación tiene que ver con el lugar que ocupaban los grupos políticos que defendían dicha postura en el Parlamento Británico. Quienes detentaban las ideas contrarias ocupaban el lado izquierdo del inmueble.

Un ejemplo más y “mutis a la izquierda”. En la oración “esa mujer es como de hierro”, ¿se quiere decir que es una mujer fuerte, de carácter recio, muy sana, fría, determinada, sin sentimientos? Probablemente sí, pero también todo lo anterior.

Hagamos de lado las simplezas, pues en el texto que se tiene a continuación se descubrirá que las figuras retóricas son mucho más y que nuestras expresiones cotidianas están cargadas de ellas.

 

Figuras retóricas de dicción

La definición más simple de dicción la relaciona con la capacidad de expresarse de manera hablada. Va desde la elección hasta la pronunciación de las palabras y el impacto de estas en el escucha. Decir que una persona tiene buena dicción es elogiar su buen manejo de la palabra hablada.

En la literatura, la dicción hace referencia a las preferencias lingüísticas del escritor en su afán por contar una historia, por manifestar una idea, por expresar un argumento, por recapitular una anécdota que apunta a lo cotidiano de la existencia humana. Es pertinente abundar que las palabras elegidas están en armonía con el estilo expresivo del autor.

Quien estudia a las figuras retóricas de dicción distingue varias categorías, entre ellas las de transformación, las de repetición, las de omisión y las de posición.

 

Figuras retóricas de transformación o metaplasmas

La característica de estas figuras es que se altera la forma de las palabras, pero no su significado.

 

·         Aféresis. Esta figura consiste en suprimir algún sonido al inicio de una palabra. Ejemplo:

Ta bueno, por, está bueno.

Toy feliz, por, estoy feliz.

 

·         Metátesis. Es la alteración de un sonido dentro de una palabra. Ejemplo:

Estógamo, por, estómago.

Fustrar, por, frustrar.

 

·         Parágoge. En este caso se añade un sonido al final del vocablo. Ejemplo:

Disquete, por, disquet.

Clubes, por, clubs.

 

·         Prótesis. Acá se añade un sonido al principio de una palabra. Ejemplo:

Aguardar

 

Por

 

guardar

alevántate

 

Por

 

levántate

 

Figuras retóricas de repetición

En estas figuras retóricas se da la repetición de palabras o de otros recursos expresivos.

·         Aliteración. Se repite un sonido. Ejemplos:

Ese oso sí se asea. Ese oso es de Susi

Tres tristes tigres tragaban trigo en un trigal…

 

·         Anadiplosis. La expresión da inicio con la misma palabra con que termina la anterior. Ejemplos:

Ayer me llegó tu carta; carta que no pienso leer.

Amor se escribe con llanto; llanto que moja mi almohada.

Anáfora. Consiste en la repetición de una o más palabras al inicio de uno o más versos. Ejemplo:

Pasión irradia mi corazón;

pasión que consume mis días;

pasión que me lleva a la locura.

 

·         Concatenación. Este fenómeno ocurre hay una repetición de palabras encadenadas. Ejemplo:

Todo pasa y todo queda

pero lo nuestro es pasar

pasar haciendo caminos

caminos sobre la mar. Antonio Machado

 

Otro ejemplo:

Songo le dio a Borondongo

Borondongo le dio a Bernabé

Bernabé le pego a Fuchilanga le hecho a burundanga

Les hinchan los pies. Celia Cruz, Lola Flores.

 

·         Pleonasmo. Consiste en la repetición de palabras que se distingue por ser innecesarias. Ejemplo:

Subir para arriba.

Verlo con mis propios ojos.

Adentrarse al interior del bosque.

 

·         Polipote. Repetición de una palabra con diversas modificaciones de género, número, entre otras. Ejemplo:

Me he puesto a pensar,

si de tanto pensar

he de hundirme en mis pensamientos

así a cabo pensando que el pensar demasiado

me ahoga sin respuesta en un mundo de pensares,

de reflexiones pensantes

que tal vez no sean pensamientos constructivos.

 

·         Epanadiplosis. Repetición de una palabra al comienzo y al final de la frase. Ejemplo:

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

[…] verde carne, pelo verde, … Federico García Lorca

 

¿Cómo te va? ¿Me escuchas? ¿Cómo te va?

Soleado aquel día de verano: soleado.

Gracias por tus buenos deseos. Muchas gracias.

 

·         Epífora. Es la figura retórica en la cual se da la repetición de una palabra o palabras como cierre de un párrafo. Ejemplo:

En el mar había calma,

En el viento había calma

Y en mi alma había calma.

 

Los pájaros al volar parecen libres,

y eso quieren los hombres: ser libres.

 

·         Paralelismo. Repetición de una misma estructura oracional con pequeñas variaciones. Ejemplo:

Hoy te vi pasar,

hoy te vi sin que me vieras,

hoy te vi sonreír a la gente,

hoy te vi caminar y no seguí tus pasos.

 

El verano es pleno de sol,

el verano trae lluvias,

el verano huele a mar,

el verano me trae tu recuerdo.

·         Paronomasia. Se da en el caso de aquellas palabras cuyo sonido es parecido, aunque su significado es diferente. Como ejemplo la siguiente adivinanza:

Si la dejamos se pasa,

si la vendemos se pesa,

si se hace vino se pisa,

si la dejamos se posa. (La uva)

 

·         Polisíntedon. Repetición de palabras innecesarias. Ejemplo:

Fui al mercado y no compré papas, ni cebolla, ni chiles, ni lechuga.

En la playa había pájaros y perros y cangrejos y señoras con el traje de baño apretándoles la barriga.

 

·         Reduplicación. Repetición continuada de una palabra. Ejemplo:

¡Escucha! ¡Escucha a los perros ladrar!

Ganamos. Ganamos nuevamente el primer lugar.

 

·         Retruécano. Consiste en repetir una frase en sentido inverso. Ejemplo:

Estamos todos los que somos y somos todos los que estamos.

Quien no vive para servir, no sirve para vivir.

 

·         Quiasmo. En esta figura retórica se intercambian dos ideas paralelas y opuestas. Ejemplo:

Cuando tenía hambre, no tenía comida… y ahora que tengo comida… no tengo hambre…

La humanidad debe poner fin a la guerra o la guerra pondrá fin a la humanidad.

Referencias

García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad, Editorial Diana, México, 2015.

Lista completa de tropos. Definición de tropos. Obtenido el 3 de diciembre de 2024 de https://www.retoricas.com/2009/05/lista-completa-de-tropos.html

Figuras de significación o tropos: símil, sinécdoque, metáfora, alegoría, metonimia. Obtenido el 4 de diciembre de 2024 de https://blogs.ugto.mx/rea/clase-digital-2-figuras-de-significacion-o-tropos-simil-sinecdoque-metafora-alegoria-metonimia/

Ribas, N. (2024). 50 ejemplos de metáforas. Obtenido el 5 de diciembre de 2024 de https://www.ejemplos.co/metafora/#ixzz8tYkaR5WJ

Tropos. Obtenido el 6 de enero de 2025 de https://liec.dgb.unam.mx/index.php/escribe/la-retorica/tropos

 

LA PALABRA COMO UTENSILIO

Martín Vivaldi, Gonzalo. Curso de redacción. Del pensamiento a la palabra. Ed. Prisma. 1973, México, pp. 274-279.

 

LA PALABRA COMO UTENSILIO

No es un buen pintor, no puede serlo –afirman los técnicos en la materia–, quien no sepa manejar los colores, quien se atreve a ignorar la calidad de los pigmentos que utiliza: verde esmeralda, carmín alizarina, azul ultramar, negro de humo.

No es un buen arquitecto, no puede serlo –calcula uno–, quien desconozca la calidad de los diversos materiales de construcción, que ignore cuándo y cómo y dónde se ha de utilizar la piedra, el ladrillo o la madera.

Así el escritor con su “materia prima”: la palabra. La precisión en el empleo de vocabulario es –debe ser– una de las exigencias fundamentales en el difícil y nunca bien aprendido arte de escribir.

Pero con ser la palabra utensilio indispensable, no se crea por ello, ingenuamente, que se escribe sólo con vocablos, ni que a mayor dominio, a más riqueza de vocabulario, mejor será el escritor. Si así fuera, bastaría con aprenderse de memoria un diccionario manual para convertirse en artista de la pluma. Pero si hacemos la prueba de contar las voces que integran el Diccionario de la Academia y las que conocemos y utilizamos habitualmente, nos asombraría nuestra indigencia, nuestro mísero léxico.

De ahí la servidumbre y la grandeza del escritor: de serlo a pesar de la escasez de sus medios de expresión. Porque aun en el caso imposible de un hombre que manejara todos o casi todos los vocablos de su idioma, tal hombre-monstruo se encontraría en ocasiones –eterno problema del matiz– en la embarazosa situación de dar con la palabra exacta que tal o cual frase necesita o exige.

Tampoco el pintor utiliza en su paleta los miles y miles de tonos que la Naturaleza ofrece: los inagotables matices del verde, del rojo o del amarillo. El buen pintor sabe que basta con unos pocos colores bien manejados, con una sabia combinación de los primarios, secundarios, intermedios y complementarios. A base de ellos –doce en total– se puede obtener una infinita gama colorista. No es por ello mejor pintor el de la paleta mejor curtida, sino quien más hábilmente combina, mezcla y contrasta a base de unos cuantos tonos fundamentales.
Y como el pigmento no es el cuadro, ni el ladrillo la casa, tampoco el vocablo es el libro. Quiere decirse que no es escribe con palabras, escogiéndolas, una a una, como se escogen las manzanas en el mercado de frutas.

La palabra no es la frase

La palabra –escribe García de Diego, en sus “Lecciones de lingüística”-, no es nada más que en la frase, y en la frase la palabra no tiene un cúmulo de acepciones, sino una sola, y ésta sola acepción no es puro valor de la palabra, sino acepción recibida del contexto o polarizada por él.

Tampoco el verde de las hojas del olivo o del álamo es siempre el mismo, sino que depende de su contexto, esto es, del aire, de la luz, de la hora –del minuto acaso-, en que esa hoja brilla al sol o no brilla a la sombra color huidizo, siempre cambiante, martirio del pintor impresionista que quiera plasmar ese fugaz momento luminoso del paisaje.

La palabra –sigue García de Diego– elemento de frase, tiene en ella una significación momentánea, determinada por la situación o contexto. La palabra, estrictamente hablando, no tiene significación, sino aptitud de significación. Tal palabra puede recibir las veinte significaciones que el diccionario le asigna, pero también tras que no le asigna.

Es el problema, por ejemplo, que a todo escritor consciente le plantean los sinónimos. Alguien ha dicho: De modo absoluto –escribía Albalat puede afirmarse que no hay sinónimos. Pereza, ociosidad, indolencia y holgazanería tienen un sentido diferente.

Sentido aproximativo de las palabras

Y es que el sentido de la palabra – según Marouzeau- no puede ser más aproximativo, como nuestro propio pensamiento. La lengua es además, una construcción imperfecta, muy insuficiente para nuestras necesidades: el material de las palabras resulta importante para expresar todos los aspectos del pensamiento, del sentimiento de la imaginación. Sin cesar, nuestro vocabulario nos traiciona por defecto. Y también por exceso.

Un poeta granadino, ha dicho:

Indiferentes, palabras perdidas. Nadie el acento de su realidad descubre, íntimo. Mudo es secreto de su esencia, como un río calladas, van hacia el centro de un mar que creará las nubes de su sentir verdadero.

La palabra –precisa Marouzeau– no significa más que lo que en cada caso representa para el que la pronuncia y el que la escucha. ¿Qué significa lago? Para un geógrafo, un elemento de la topografía; para un turista, será la evocación de un alto a la orilla del agua; para un pescador, el recuerdo de un buen día de pesca; para u poeta, acaso no sea más que una reminiscencia de Lamartine.
Y es que la palabra –como dijera Ortega– implica siempre una transposición, una metáfora.

De ahí que el diccionario, con toda su riqueza de léxico no sea, a fin de cuentas, más que un comentario donde yacen las palabras muertas. Y el escritor, un taumaturgo dotado, dotado el mágico poder de revivir a esos vocablos inertes, de decirles, como a Lázaro, “levántate y anda”. Y de transformar, transfigurar así, a la momia, en ser vivo que alienta; de convertir a la palabra-cadáver, en el ser lleno de vida, de significación y de sentido.

Belleza y magia de las palabras

Dicen los lingüistas que hablar es hacer frases, aunque sea de una palabra. La oración –se afirma– fue antes de la palabra, “en el sentido de que las primeras palabras eran oraciones”. Así, cuando el hombre primitivo dice “ciervo” o “búfalo”, no lo hace para designar a estos animales, sino para emitir un juicio, como “el ciervo viene” o “el búfalo ataca”.

Análogamente, el balbuceo del niño que empieza a hablar. Cuando el pequeño mal pronuncia “guagua” o “tate”, en realidad está diciéndonos que “viene el perro” o que “quiere chocolate”.

Admitida, pues, la tesis  que no se escribe sólo con palabras, sino con frases, forzoso será reconocer que la belleza de un texto escrito no reside en los vocablos aislados, sino en su artística trabazón; depende del modo y sabiduría en utilizarlos; de su empleo más o menos correcto: de su mejor o peor engarce de un trozo literario. La belleza o la profundidad resultan de lo que, sirviéndonos de las palabras como mero vehículo hagamos sentir o pensar al lector.
La descripción de un paisaje –valga el ejemplo– no es más bella porque utilicemos vocablos más o menos sonoros o “distinguidos”, sino porque, al escribir, llevemos al ánimo del lector esa belleza que intentamos plasmar, haciéndole partícipe de la misma. De análogo modo, la calidad estética de un cuadro no depende de los colores empleados por el pintor, Los pigmentos están a disposición de todos los artistas en el comercio, como las palabras están, para uso de todos, en el diccionario.
Se cuenta –y el ejemplo viene a cuento– que el gran Van Gogh pintó un día uno de sus inimitables lienzos con sólo dos pigmentos, los que en aquel momento tenía a la mano: polvo de añil y hollín de chimenea. Con tan pobre material hizo una obra de arte.

No hay palabras bellas ni feas

A pesar de lo expuesto (y uno respeta las ajenas opiniones porque no es misión del que esto escribe “sentar cátedra”) hay quien cree en la belleza de las palabras per se.

La voz “cristal”, por ejemplo, obtuvo el primer premio en cierto concurso organizado por un periódico literario, para decidir por votación cuál era la palabra más bella. Y a “cristal”, podríamos añadir por nuestra cuenta otras no menos bellas “azul”, “plata”, “nube”,  y  “viento”. 

Bien está el dato como simple curiosidad literaria, pero desengañémonos a tiempo: no seremos nunca grandes escritores por muchos “cristales” que intercalemos en nuestra prosa. No; no hay palabras bellas ni feas. Lo que importa no es el sonido del vocablo aislado, sino su cadencia dentro de la frase. Incluso las palabras, que aisladamente pudieran sonar mal, pierden su disonancia si sabemos rodearlas, enguantarlas, con otros vocablos apropiados, que atenúen el posible mal sonido.

Escribir pendiente sólo de las palabras “bellas” es caer en narcisismo literario; es caer, y ahogarse, en las aguas en que el propio Narciso se contempla.
Ese vocablo que se yergue en la frase por su sola y simple sonoridad, por su rareza de piedra preciosa, es como pincelada color naranja caprichosamente puesta entre el verde sobrio de unas ramas de olivo.
Lo que interesa –al menos en la sana prosa–, lo que creamos debe interesar al lector, que es para quien se escribe a fin de cuentas, no es la voz más o menos bella por sí misma, sino la propia palabra. No es “azul”, ni “cristal”, ni “brisa”, “fuente” o  “luna”, sino color, transparencia, rumor, luz..., es decir, lo que no puede expresarse con una sola palabra, aunque un vocablo baste a veces.


Poder mágico de las palabras

Lo dicho no significa que desconozcamos voluntariamente el poder mágico de las palabras en poesía –en el dominio de verso, en el arte dramático o en ciertos momentos de oratoria.

Poetas, dramaturgos y oradores saben que la palabra esa veces algo más que un simple vehículo del pensamiento; que es objeto, no medio; protagonista del contexto, creadora de vivencias. Que es lo que viene a decir Ortega, cuando en su estudio sobre Mirabeau, define a la palabra hablada como “un poco de aire estremecido que desde la madrugada confusa del génesis, tiene poder de creación”.
Una sola voz: “Sésamo”,  hacía que se abriera la misteriosa puerta de Alí-Babá. Y los indios de Kipling –refiere André Maurois- iban en busca de la “palabra nuestra” que les daría autoridad sobre los hombres y las cosas.

Tan mágico es el poder de la palabra que, sin ella, parece como si el hombre fuera incapaz de comprender la creación del Universo. Así en el “Génesis”, no se nos dice que Dios, al pensar el mundo, le diera vida, sino que Dios al crear, habló: Y dijo Dios “hágase la luz”. Y la luz fue hecha.

La pluma del poeta, según Shakespeare, da contorno a las cosas:

“...y a lo etéreo y vacío lo dota de habitáculo y de nombre”.

Nombrar las cosas es un modo de infundirles vida. Es lo que expresa aquella copla de Antonio Machado:

“Dicen que el hombre no es hombre mientras que no oye su nombre 
de labios de una mujer. Puede ser”.

Sólo la poesía –escribió Keats- puede decir sus sueños; sólo con el hechizo de las palabras puede salvar la imaginación de la oscura cadena y el mudo encantamiento.

Cada obra eterna de la literatura no es tanto una victoria del lenguaje, como una victoria sobre el lenguaje: una súbita inyección de percepciones vivificantes en el vocabulario que, de no ser por la energía del literato creador, se hallaría perpetuamente al borde del agotamiento.

Pero el hechizo de las palabras, su magia –no importa repetir el concepto-, no está en ellas mismas, aisladas, desgajadas de la frase o de periodo. La palabra iluminada es como estrella que, a su luz propia, une la luz recibida de otras estrellas vecinas.

Pretender escribir a base de palabras “bonitas’, escogidas, sería tanto como querer un paisaje en donde sólo hubiera cuidadas flores de invernadero.
Y transformar así la obra poética en escaparate de bisutería.

 

jueves, 28 de agosto de 2025

Calendario de los reportes de lectura

 

1. Capítulo 1. La comunicación. Del libro Las herramientas comunicativas: una guía para cultivar habilidades expresivas.

Fecha de entrega 21 de agosto


2. Capítulo: Comunicación no verbal. Del libro Las herramientas comunicativas: una guía para cultivar habilidades expresivas.

Fecha de entrega 28 de agosto


3. Punto referente a la “Proxémica”. Del libro Las herramientas comunicativas: una guía para cultivar habilidades expresivas.

Fecha de entrega 4 de septiembre


4. Capítulo: Escuchar… Del libro Las herramientas comunicativas: una guía para cultivar habilidades expresivas.

Fecha de entrega11 de septiembre


5. Capítulo: El acto de hablar. Del libro Las herramientas comunicativas: una guía para cultivar habilidades expresivas.

Fecha de entrega 18 de septiembre


6. Capítulo: El acto de leer. Del libro Las herramientas comunicativas: una guía para cultivar habilidades expresivas.

Fecha de entrega 2 de octubre


6. Cualidades de la redacción. Del libro Las herramientas comunicativas: una guía para cultivar habilidades expresivas.

Fecha de entrega 9 de octubre


7. El arte de hablar en público. Del libro Las herramientas comunicativas: una guía para cultivar habilidades expresivas.

Fecha de entrega 23 de octubre


8. La palabra como utensilio. Se publicará en este blog.

Fecha de entrega 4 de noviembre


9. Figuras retóricas de dicción. Se publicará en este blog.

Fecha de entrega 13 de noviembre



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 1 de julio de 2025

 

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

FACULTAD DE ESTUDIOS SUPERIORES ACATLÁN

PLAN DE ESTUDIOS DE LA LICENCIATURA EN COMUNICACIÓN

PROGRAMA DE ASIGNATURA

COMPETENCIAS COMUNICATIVAS

 

Objetivo general: comunicar contenidos empleando diferentes lenguajes con coherencia, claridad, concisión, exactitud y originalidad para ampliar su capacidad de interacción.

Contenido temático

 

1.    Valores en la comunicación

1.1.        Definición de comunicación

1.2.        Círculo del habla

1.3.        Barreras de la comunicación

1.4.        Situación comunicativa

1.5.        Comunicación asertiva

1.6.        Competencia comunicativa

 

2.    Comunicación no verbal

2.1.        Comportamiento corporal

2.2.        Paralenguaje

2.3.        Kinésica

2.4.        Proxémica

2.5.        Otros componentes de la comunicación no verbal

2.5.1.    

3.    Relación escuchar-hablar

3.1.        Escucha activa 

3.2.        Lenguaje, lengua y habla

3.3.        Funciones del lenguaje

3.4.        Modalidades de la palabra hablada

3.5.        Diálogo y entrevista

 

4.    Relación leer-escribir

4.1.        Competencia lectora 

4.2.        Competencia en la escritura 

4.3.        Redacción

4.4.        Categorías gramaticales

 

Fuentes de consulta

Ávila, R. (2007). La lengua y los hablantes. México: Trillas.

Berlo, D. (1989). El proceso de la comunicación. México: Ateneo.

Díaz, E. (2001). Taller de redacción I. México: SEP.

Martín, G. y Sánchez A. (2014). Curso de redacción. Del pensamiento a la palabra. Teoría y práctica de la composición y del estilo. México: Paraninfo.

Millán, A. (1973). La lengua hablada y la lengua escrita. México: ANUIES.

Mendoza, J. (2022). Las herramientas comunicativas. Una guía para cultivar habilidades expresivas. México: FES Acatlán, UNAM.

Seco, M. (1998). Gramática esencial de la lengua española. Madrid: Espasa.

Verderber, R. (2016). ¡Comunícate!, México: International Thomson Editores.

 

Figuras retóricas de dicción

Mendoza, Daniel, Figuras retóricas, Acatlán Estado de México, 2025. FIGURAS RETÓRICAS Introducción A algunos escuchar la palabra retóric...